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Experiencias Personales
Adisen - Asociación de Addison
y Otras Enfermedades Endocrinas

Ruth

Ruth describe su experiencia de supervivencia a una crisis suprarrenal en un vuelo de larga distancia. Empezó vomitando haciendo cola en el mostrador de facturación de seguridad para el vuelo. Después tuvo que auto-inyectarse en pleno vuelo, a lo que hay que añadir que viajaba sola con sus hijos pequeños.

“En realidad, cuando los carteles de seguridad del aeropuerto te dicen que llevar más de 100 mililitros de líquidos está prohibido, se refieren a fluidos embotellados en lugar de fluidos corporales. Pero, mi estómago ya no conseguía retenerlos. Así que ahí estaba yo, sobre mis rodillas en la cola de facturación de seguridad del aeropuerto de Hong Kong, vomitando copiosamente en una bolsa de papel de la compañía aérea, para horror de mis hijos que me estaban mirando. “¡Mamá, para ya!”, me decía mi hija de ocho años con gran preocupación. Si pudiera hacer que se detuviera.

Un agente de seguridad me miraba con desagrado y pedía ayuda por radio. Otro oficial uniformado se me acercó y me estudió desde cierta distancia mientras yo seguía llenando la bolsa. “Cuídese, ¿vale?”, me dijo. Y se marchó. Mi estómago finalmente se vació de agua y de bilis y me levanté. El primer oficial hizo un gesto para indicarme que dejara la bolsa utilizada en la papelera de seguridad de la puerta, junto con las botellas de shampoo que otros habían dejado, tijeras y otras amenazas para la seguridad de la línea aérea. Calculo que aproximadamente unos 300 mililitros de vómitos. A todas luces, un peligro para la seguridad.

Así que ahí estaba yo, de pie, haciendo cola –sintiéndome mareada- con mis dos hijos, sin agua para enjuagar el sabor de bilis de mi boca y con una necesidad urgente de tomarme unas pastillas de hidrocortisona. Me metí una pastilla de 10 mg. en mi boca y dejé que se deshiciese en la lengua. Su amargura encajaba con el sabor a bilis.

La joven del escáner rápidamente identificó las botellas de deportes en mi bolso de mano: ¡usted lleva agua!”, dijo. Llevo botellas vacías, le aclaré, que pretendía rellenar en cuanto subiera al avión. Llevar botellas vacías está permitido, y el kit de inyección que llevo en mi bolso no fue visto, como en ocasiones anteriores. Mi malestar de estómago podría haber sido un problema biológico, pero no una amenaza para la seguridad; así que nos dejaron pasar el control.

Aquí me pude tumbar en el suelo unos 20 minutos, para indiferencia de las azafatas que me pidieron en varias ocasiones que me quitara. Entonces subimos al avión. El esfuerzo de haber estado de pie haciendo cola me había dejado deshidratada, para preocupación de mi hijo pequeño: “¡Estás mala! Lo estoy viendo”. Dejé otro pequeño depósito de bilis en otra bolsa de papel en la puerta de embarque al avión. Entonces estábamos en el avión y me senté en mi asiento.

En realidad había empezado a vomitar hacía unas cuatro horas, en nuestro primer vuelo desde Auckland. Estaba bien cuando me subí al avión, comí un leve tentempié y me dormí.

Pero, cuando desperté varias horas más tarde, me sentía como si viniera del infierno. Tenía un tremendo dolor de cabeza y estaba deshidratada.  Además, vomité poco después de haberme tomado la pastilla extra de hidrocortisona. Incluso entonces fue una mezcla de agua y bilis. Me llevé mi kit de emergencia al aseo y me puse la inyección intramuscular. Los aseos de los aviones son un buen lugar, tienen buena iluminación y no están mal para inyectarte tu misma en el muslo, siempre y cuando te lo permitan las turbulencias y la limpieza del sitio. Cuando lo pensé mejor, decidí no depositar la aguja y la jeringuilla en la papelera. Regresé a mi asiento para tomar un sorbo de agua de mis botellas de deportes, esperando que todo hubiese terminado.

Cuando mi estómago se volvió a vaciar por segunda ocasión, poco antes de que llegáramos a Hong Kong, dije una palabrota frente a mis hijos. Mayormente porque no acerté a vomitar dentro de la bolsa de papel por las turbulencias y me llené las medias. Conseguí limpiarme gran parte en el aseo, dejando sólo unas manchas amarillentas, sin demasiado olor. Éramos los últimos en bajarnos del avión, bajo la atenta mirada de una azafata oficiosa que me miraba cómo retiraba las bolsas que había utilizado para vomitar, aunque sin preguntarme si necesitaba ayuda. En estos momentos yo no pensaba con claridad y me sentía mareada, esperando que la hidrocortisona intramuscular me ayudaría a ir bien.

Con la experiencia de ahora, sé que debería haberle pedido a la azafata que me ayudara, antes de subirme al avión de Hong Kong cargando con los niños. Que es lo que hice finalmente casi al final del vuelo desde Hong Kong a Londres. Cuando llevábamos casi una hora de vuelo, había conseguido llegar al aseo para inyectarme otra inyección. Entonces, caí en mi asiento, con unas náuseas terribles y dejé que los niños eligieran una película en los canales de televisión. Estuve dormitando durante unas diez horas, me sentía con mucha temperatura y bebiendo sorbitos de agua cada vez que podía. También me tomé 10 mg. cada pocas horas. Entonces me desperté y me di cuenta que, aunque no había vomitado durante 10 horas, mi tensión arterial estaba muy baja. Incluso ajustar el asiento a una posición mejor me daba dolor de cabeza. Pasar por la cola de inmigración iba a ser un problema.
Así que toqué el pulsador y esperé. Un agradable y joven auxiliar de vuelo se acercó y, dubitativa, le pedí si podía conseguir una silla de ruedas o alguna ayuda médica cuando me bajara del avión. Me miró a los ojos y me dijo, que por supuesto. ¿Le gustaría también algo de oxígeno?, me sugirió. Casi lloro de alivio. No tenía ni idea de que tenía tan mal aspecto. Acepté el oxígeno y volvió con un pequeño frasco verde y una mascarilla amarilla de goma, igual que los que utilizan en la demostración de seguridad. Estuve dormitando durante unos 15 minutos, respirando por la mascarilla, y esto me hizo sentirme más alerta. El auxiliar me dijo después que ya tenía algo más de color en mis pómulos.

En estos momentos ya estaba más consciente de que necesitaba hacer algo con respecto a mis niveles de fluidos corporales para intentar que mi tensión arterial mejorara. Rellené todas las botellas de agua, recogí todo el azúcar y sal que habían quedado de los menús de la familia y me preparé una mezcla de autoayuda para hidratarme: partes iguales de azúcar y de sal. Para cuando nos bajamos del avión, casi me había bebido medio litro de esta mezcla, lo que hizo una gran diferencia.

Afortunadamente, porque había calculado mal el asunto de la silla de ruedas para cuando me bajara del avión. Cuando le dije al auxiliar de vuelo en la puerta del avión que podía cruzar el túnel sin la ayuda de la silla de ruedas, no me di cuenta que de este modo también perdía el transporte y la ayuda al otro lado en la cola de inmigración. Pero pudimos pasar inmigración, conmigo sentada en el suelo casi la mayor parte de la cola, y después también donde salían las maletas, donde todos nos apalancamos con incomodidad sobre los carros de las maletas. Tuve fuerzas suficientes para sacar nuestras maletas de la cinta transportadora, aunque probablemente debí habérselo pedido a algún hombre con mejor aspecto que yo. Mis jóvenes hijos empujaron el carro con las maletas para salir a encontrarnos con papá al otro lado. ¡Lo conseguimos!

Si hay una lección en esta historia, es que siempre hay que pedir ayuda. Subirme al avión fue fácil, inyectarme yo misma en el aseo del avión fue la parte más positiva de toda la experiencia, porque me estabilizó lo suficiente como para aguantar el vuelo de 24 horas con una infección de estómago.
No obstante, estar de pie en las colas del aeropuerto – tanto en la cola de seguridad como en la de inmigración – fue un problema mucho mayor, porque estaba débil debido a la pérdida de fluidos y la tensión arterial baja. Fue en el suelo, en tránsito, donde realmente necesitaba ayuda, pero no pensaba con la suficiente claridad como para pedirla, que es el motivo por el que terminé sobre mis rodillas, vomitando, frente a extraños que no tenían la menor idea de lo que hacer. Cuando finalmente pedí ayuda, los auxiliares de vuelo hicieron cuanto pudieron.
Mirando atrás, lo que más me preocupa es la responsabilidad que deposité en mis hijos, al no pedir ayuda a su debido tiempo. La hidrocortisona intramuscular evitaba que pudiera entrar en una crisis suprarrenal, pero todavía podía haber perdido el conocimiento debido a la tensión arterial baja. Entonces tendría que haber sido mi hija de ocho años, quien intentara explicar mi problema a los demás. Ella sabe que llevo un brazalete de alerta médica porque tengo Addison. Espero que nunca tenga que verse en esta situación”.
Ruth.

Punto de vista del médico.

Admiro a Ruth por su coraje y tenacidad en pasar por esta difícil experiencia prácticamente ilesa. El hecho de que usara la inyección de hidrocortisona intramuscular en pleno vuelo, en dos ocasiones, demuestra claramente la importancia y efecto de esta intervención de emergencia. Fue una suerte que Ruth tuviera los viales suficientes de Efcortisol con ella, ya que fácilmente podía haber dejado inservible algún vial intentando ponerse la inyección con turbulencias mientras la preparaba.

Los vómitos, lo más probable es que fueron causados por una infección de estómago, pero una vez estabilizada la insuficiencia suprarrenal, las náuseas y los vómitos siguen un ciclo vicioso. En esta situación, incluso si los vómitos no son continuos, es muy probable que el vaciado de estómago no permita la absorción de las pastillas de hidrocortisona.

Ruth había perdido bastantes fluidos, con una pérdida de volumen de circulación, lo que estaba claro al sentirse mareada permaneciendo de pie. Esto persistió, así que se sentía peor cuando se sentaba recta al final del trayecto.

Como siempre, es fácil aconsejar de forma retrospectiva y comprendo su deseo de completar el viaje, especialmente teniendo niños a cargo. Sin embargo, el curso de los acontecimientos confirma la importancia de recibir ayuda médica en cuanto se ha tenido que utilizar la inyección de hidrocortisona debido a los vómitos.
En el caso de Ruth, esto tendría que haber resultado en un ingreso en urgencias en el Hospital de Hong Kong, donde los especialistas son bastante buenos.

En este tipo de situación, los fluidos orales son un sustituto pobre de la hidratación intravenoso, además sufriendo todas las restricciones de seguridad descritas en la historia de Ruth.

Los viajeros de larga distancia en vuelos internacionales, que podrían necesitar tratamiento de emergencia en algún momento, deben: 
Asegurarse que llevan un paquete con cinco viales de Efcortisol + 2 jeringuillas y agujas, la tarjeta de emergencias, el brazalete y una fotocopia extra de las instrucciones de tratamiento de emergencias en su bolso de mano.
Deben estabilizar su condición de forma inmediata después de vomitar, utilizando la inyección intramuscular de hidrocortisona.
Una vez inyectada, deben mostrar al auxiliar de vuelo su tarjeta de emergencia y las instrucciones de tratamiento. Explicar que van a necesitar tratamiento hospitalario en cuanto aterrice el vuelo, pero que quieren proseguir el viaje 24-48 horas más tarde de haber recibido los fluidos intravenosos y el monitoreo médico.
Permitan a la compañía aérea que haga todos los trámites necesarios para recoger sus maletas y enviarlas al hospital.

En este caso, Ruth no pensaba con la suficiente claridad como para buscar ayuda médica cuando estaba en tránsito, en Hong Kong. Tuvo suerte de que el uso de la inyección intramuscular impidió que su condición empeorara durante el resto del viaje. Si llega a empeorar, podría haber sido necesario realizar un aterrizaje de emergencia. Afortunadamente, ella y sus hijos lograron llegar a casa y todo terminó bien.

Profesor John Monson
Hospital San Bartolomé de Londres – Reino Unido.

Agradecemos la colaboración del Grupo de Autoayuda de la Enfermedad de Addison del Reino Unido, por facilitarnos y autorizar la publicación de esta experiencia personal.

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